Donación A Escribir Desde El Alma

Poemas de Verano

PAZ Y BIEN
Esta breve reunión de poemas que nos dan una visión del verano nos acercan a voces importantes de la Literatura Española.
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Anunciación del verano, de Aurora Luque
Una avioneta blanca sobrevuela la costa
con su estela de lona casi en blanco.
"Anúnciese en el aire". Desde el apartamento
los parasoles verdes, naranjas, morados

hacen que el mar se vista a estas alturas
una túnica pop. Se hunde aquel barco
centímetro a centímetro, sus tribales quehaceres
de antigua pesquería. Este verano

nos deslumbra el blanquísimo poliéster
de un yate sobre el puzzle inacabado
de un movedizo mar turquesa, malva.
Descienden las gaviotas. ¿No está la vida acaso

bajo un inmenso toldo de luz que la protege
del ardor del vacío, de su abrazo
de las ondas violetas de la muerte,
de su quehacer tribal, del viejo pacto?

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HABITANTE DEL VERANO, de Juan Mena


Multiplicado estoy como la arena
en esparcidas ascuas estivales,
ardo en cada mirar incandescente
de las pupilas cálidas de julio;
habito cabelleras, brazos, senos,
gestos y corazones de muchachas,
converso con los jóvenes, me agita
el dinamismo de sus alborotos;
cual desasida espora entre la espuma
beso el metal radiante de la orilla;
soy eco de las risas de los niños,
desbarato sus juegos, los rehago
con la paciencia intemporal del ocio;
pueblo la holgada madurez del padre,
la apacibilidad de las esposas,
disfruto en cada breve refrigerio,
flameo en el plumaje de la siesta,
con la lengua marítima del aire
narro insólitas fábulas marinas;
doy cadencia al fragor del oleaje,
ordeno su exaltada pedrería,
atempero su fiebre llameante
y suavizo los peplos de las brisas;
asomado a los ebrios ventanales
de mis sentidos el sosiego ríe
y en mi atezada piel ha establecido
su inolvidable palacio la inocencia.

Me voy por las terrazas, me extravío
por el bosque caliente de las voces,
la maleza de las fisonomías
y por el laberinto de ruidos
y músicas febriles destrenzadas.
Vibro radial. En mi latencia asumo
esta innúmera acción. La vid del día
está enverada en mi naturaleza.
Cumplido estoy. La tierra se embriaga
con las uvas moradas del ocaso.

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ALICATADO PARA UNA TARDE DE VERANO, DE Rafael Guillén

Para traspasar las hojas,
la luz se pone de lado.
Se despereza el aroma
y hay un sopor que, despacio,
deshilachaban las zumbonas
avispas del emparrado.
La paz del jardín se esparce
por el brillo del acanto
y la tarde se inaugura
al regarse el empedrado.

Hay rincones invisibles
con amores encalados
y persianas donde crece
la penumbra del verano.
El mirador se mira
en los reflejos más altos.
Alguna risa que llega
por el silencio rampando
y el agua, dueña y señora
por fuentes y por regatos.

El aire tiene un desgaire
de mimbre desangelado.
El arrayán cuadricula
la dicha de estar mirando.
Desde los poyetes, rastras
en macetas de geráneos
cuelgan hasta el arriate
buscando su olor mojado.
El silencio se despierta
picoteado de pájaros.

Las glicinias se retuercen
sobre sus pomos morados
y son de azulejo y frío
los zócalos y los bancos.
El chirrido del portón
anuncia el rito diario.
Las sillas, de recia anea.
El vio, de mano en mano.
La amistad, como beberse
la tarde de un solo trago.

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XIV de Miguel de Santiago

...Un río lento de verano lleva una música dormida
que viene de las cumbres
nevadas del invierno
y va
a las playas eternas y tranquilas de Dios.

Quién arrojó una rama desde el puente
al agua, quién
enviaba mensajes
al hombre atareado recordándole
el paso de sus días,
el cansancio fugaz en sus quehaceres
y un destino mejor en la paz de otros mares...

Hoy se escucha una lenta melodía
en estos chopos taciturnos
de la ribera
y sus hojas me baten el recuerdo
de un hombre tras las huellas de su Padre.

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VERANO SOLO, de José Manuel Caballero Bonald

Desde allí se veía el resplandor
del faro y la zona de mar
intermitentemente iluminada y el rasero
desplazamiento de las sombras
hacia el fondo del muelle.

Único mirador de aquel verano
marítimo, cuántas horas
de luz gastadas sin saber
nada distinto a la constancia
de estar allí, durmiendo a pleno sol
en los acantilados. viendo
volver las rezumantes barcas
de bajura. bogando hasta la boca
de la cala, saliendo con el día
a esperar al muchacho
de los víveres. Y lo más excitante
eran las densas noches, como untadas
de una mezcla de tizo
y de resina, inmensa pella de humo
sobre el mar.
                     Allí no había regreso
a ningún sitio, tiempo en blanco
estancándose, trayecto sin memoria
donde poder purgar
la imposible aventura de estar solo.
Portuarias luces
de baliza y taberna, estachas
fermentadas en bitas
y pontones, dominio sin final
de bosque y playa puestos al servicio
de nadie, qué indolente veredicto
de olvido, qué intachable
y sucinta manera de vivir.
                                          Subía
de la escollera un encrespado olor
a pez de calafate, a costra
de salitre indeleble, a desperdicio
de resaca, doméstico
registro de aguijones que nos iba
como arrastrando a la molicie
de ver pasar el tiempo sin pensar
en nada.
              Y de pronto qué terca
cuña de vida en medio del turbión
de la memoria, cómo 
se fueron aventando fechas
comunales, tierras de todos, puestos
de reclusión y de trabajo, rastros
de situaciones y lugares. Era
tan impropio caer
en la cuenta, pensar que todo aquello
tendría que acabar como la imprecación
contra el dormido, era tan confortable
no saber, convivir a solas
entre los tamarindos, escaparse
una noche con alguna muchacha,
amar escuetamente en el furtivo
varadero, subir por hacer algo
hasta el repecho del pinar. franja luminosa

Desde allí se veía
la deslizante franja luminosa
del faro, interceptando a trechos
el turbio contraluz
de la bocana. Rebullían
hacia el confín del malecón
los somormujos, registrando
el desagüe. Se oía el persistente,
musgoso chapoteo del robalo
persiguiendo a la lisa. Alguien
cantaba por la parte del talud.
Tórrida noche en vilo, vaheaba la arena
como una incandescente represalia
de ansiedad. Nunca como en aquel súbito
rastro de la razón, se hizo tan inmediata
la anhelante premura del regreso.


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NOCHE DE VERANO, de Antonio Machado

Es una hermosa noche de verano. 
Tienen las altas casas 
abiertos los balcones 
del viejo pueblo a la anchurosa plaza. 
En el amplio rectángulo desierto, 
bancos de piedra, evónimos y acacias 
simétricos dibujan 
sus negras sombras en la arena blanca. 
En el cénit, la luna, y en la torre, 
la esfera del reloj iluminada. 
Yo en este viejo pueblo paseando 
solo, como un fantasma.


GRACIAS
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Miguel Ángel Cervantes Almodóvar
Miguel Ángel Cervantes Almodóvar

Poeta y mentor de personas creativas bloqueadas y escritores

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